Conclusiones

 

Con los mensajes en cada uno de los 55 acontecimientos analizados a lo largo de sus primeros seis años de gobierno (Anexo #3-I), se puede ver como Santos intentó tomar el papel de salvador dentro del agitado contexto político auto-designándose como el prócer que terminaría la guerra. Para ello, se planteó la necesidad de terminar con la sed de triunfos deportivos con el fin de aumentar el optimismo que llevara a la unidad nacional y finalmente se pudiese alcanzar y construir la paz. Fueron esos, entonces, los elementos repetitivos a los que acudió en sus discursos.

Santos Calderón, como indica León (Anexo #2-I), es uno de los mejores políticos del siglo XX, no del XXI. Siempre estuvo acostumbrado y más cómodo con la política de salón, de los acuerdos privados a puerta cerrada, es decir a la vieja política. A sabiendas de su incapacidad para conectarse con el pueblo por ser visto como un personaje de la elite, Santos diseñó parte de su comunicación política sustentada en la gobernabilidad deportiva con la intención de construir ese nuevo mensaje de la unidad nacional que sería la plataforma ideal para convencer al país de que un proceso de paz era lo necesario.

Ante la fragilidad de identidad que hay en Colombia, como señala Becassinno, Santos apeló a la utilización de climas y corrientes de opinión, que ni él ni su gobierno crearon, para intentar sostenerse en el poder; ante su incapacidad de conectarse con la realidad nacional, de llegar al pueblo y de ser considerado un verdadero líder, utilizó el deporte como una herramienta que le permitiera conectase con la sociedad y de esa manera crear una galaxia estructural sustentada desde la coyuntura del deporte y de una serie de acontecimientos de gobernabilidad deportiva que buscaban catapultarlo como el abanderado de la unidad nacional y por supuesto, de la paz. Afortunadamente para el mandatario, el deporte colombiano vive hoy por hoy la época más gloriosa de su historia.  No obstante, eso no fue suficiente.

Inicialmente, la llegada al poder de Juan Manuel Santos, en términos mediáticos, consistió en presentarse como la continuidad de Álvaro Uribe Vélez; hecho que le bastó para ser el candidato con la mayor votación de la historia de las elecciones presidenciales obteniendo casi 9’000.000 de votos. Sin embargo, el mismo día de su posesión, Santos buscó introducir un nuevo mensaje, totalmente diferente al que rondó en Colombia durante la primera década de este milenio. “La llave de la paz”, frase pronunciada el 7 de agosto del 2010 en su primer discurso con la banda presidencial, fue el puntapié inicial de una nueva construcción mediática que Uribe, convirtiéndose en su mayor opositor, logró convertir en un mensaje de traición. Con el propósito de contrarrestar el discurso de su antecesor, el nuevo presidente buscó en sus primeros años cambiar el discurso guerrerista por el de la paz y buscar generar la unidad nacional necesaria para poder llevar a cabo su plan de gobierno: terminar el conflicto después de más de medio siglo. En esos momentos, los diálogos exploratorios y secretos con las FARC ya se estaban llevando a cabo y las primeras intenciones de Santos, además de emerger como un salvador, eran las de preparar el terreno para el giro mediático que tendría la comunicación política colombiana, que durante 50 años, había estado construida gracias a la guerra.

Durante los dos primeros años de su gobierno, el mensaje de unidad nacional fue el que predominó. Para ello, Santos apostó por enviar el mensaje de que era necesario volver a triunfar y entrar a le elite mundial deportiva y con ello, el optimismo de la sociedad aumentaría. Ese primer tramo de su gobierno buscaba preparar a la opinión pública para que fuese anunciado el proceso de paz y así fue. En un momento donde los climas y las corrientes de opinión giraban en torno al orgullo nacional debido a la excelente participación de la delegación en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y al incremento del optimismo gracias a una selección Colombia, liderada por un técnico extranjero demandado por Santos, que cada vez jugaba mejor y se acercaba más y más a una Copa Mundial tras 15 años sin jugarla, llegó el anuncio.

A lo largo de todo el Proceso, como muestra el anexo #4-I, los grandes anuncios provenientes de La Habana iban a ser dados a conocer a la opinión pública, en momentos en los cuales los climas y corrientes de opinión giraban en torno a sucesos deportivos. Una vez instalado y desarrollado parte del proceso de paz, el mensaje giró a buscar generar confianza y optimismo en la sociedad: al nacimiento de una nueva Colombia. Aprovechando el excelente momento de la selección Colombia, clasificándose a un Mundial después de 16 años, Santos siguió apelando a ser el líder de esa movida emocional que tenía el pueblo colombiano que por fin había logrado saciar su sed de triunfo con aquella heroica clasificación.

No obstante, llegaba el momento de las elecciones presidenciales y la necesidad de un segundo tiempo se instaló porque se había hecho mucho pero faltaba mucho por hacer. Los mensajes de unidad y optimismo recobraron valor y el análisis del discurso durante la campaña siendo candidato–presidente muestran que se buscó despertar el sentimiento por una bandera y una nación que solo tenía un propósito: alcanzar la paz. Finalmente, el mandato popular, tras una intensa guerra mediática entre los mensajes de paz y guerra daba como ganador a Juan Manuel Santos. A su vez, la selección Colombia conseguía la mejor participación en un Mundial en la historia del futbol colombiano y José Pekerman también lograba seguir al mando del equipo durante cuatro años más.

Sin embargo, tras la doble reelección de Santos y de Pekerman, el apoyo interno para ellos se vino abajo. Junto a la selección Colombia, que después de un mundial de ensueño en Brasil 2014 empezó a ser blanco de críticas por parte de la opinión pública, el Presidente también fue perdiendo el apoyo popular pero tuvo la audacia para darse cuenta de ello: el equipo nacional dividía más de lo que unía y seguir apostando por la unidad mediante la selección no iba a dar el resultado esperado.

Paralelamente, a Santos la comunidad internacional lo continuaba respetando y admirando. El apoyo absoluto no solo político sino también económico al proceso de paz y el premio Nobel de la Paz son muestra de ello. Sin embargo, la sociedad colombiana cada vez creía menos en su gestión Por su parte, José Pekerman y la selección Colombia, empezaron a ser cuestionados por gran parte de la prensa y de los aficionados, a pesar de ser admirada en el exterior y en la comunidad internacional futbolística, léase FIFA, ya que está en el top-10 del ranking desde octubre de 2012 y, desde la llegada del argentino, consiguió clasificar a un mundial después de 16 años, alcanzando en él un quinto lugar histórico, ser cuarto finalista en la Copa América 2015, obtener el tercer lugar en la Copa América Centenario 2016 y estar en carrera y con posibilidades por una de las plazas para la Copa Mundial de Rusia 2018. Tanto Santos como Pekerman, después de un primer tiempo de ensueño, se convirtieron en el blanco de las críticas de la sociedad sondeocratica colombiana.

En ese contexto, quedaba culminar el proceso que se estaba llevando a cabo en La Habana mediante la refrendación popular. Y la campaña para el plebiscito, como era de esperarse, estuvo sustentada en aquel mensaje de unidad en torno a la paz utilizado previamente durante la reelección pero alejada de la gobernabilidad deportiva. La decisión por parte del Gobierno fue apostar indirectamente a la selección Colombia y a la participación en los Juegos Olímpicos de Rio 2016 disminuyendo notablemente los acontecimientos de gobernabilidad deportiva, en comparación con los primeros cuatro años en los que se buscaba la reelección y se apostó únicamente a dos cosas. La primera: esperar acontecimientos externos que no fueron suficientes o que nunca llegaron; por ejemplo, algún gesto del capitán de la selección, James Rodríguez, que a pesar de haber sido catalogado como un cobarde por John Carlin, encargado de recrear la verdad ‘Operación Mandela’ (Anexo #6-O), nunca apareció. En segundo lugar a simplemente aprovechar los climas y corrientes de opinión generados por la participación de la delegación colombiana en los Juegos Olímpicos de 2016 y a los partidos de la selección Colombia por las Eliminatorias a Rusa 2018.

El resultado de aquella elección sepultó la intención de unir a Colombia bajo una misma bandera y con ello quedó demostrado que existe una Colombia dividida en dos. Sin embargo, tras el triunfo del ‘No’ en el plebiscito y unos 40 días de renegociación, se llegó a un nuevo acuerdo de paz con algunos cambios pero, esta vez, Santos no tendría que apelar ni a la construcción de mensajes ni a la maquinaria político-mediática: solo bastaría un petit comité entre las elites políticas para que su plan de gobierno fuese una realidad.

Finalmente, más allá del intento por desarrollar una nueva estrategia político-mediática, su problema radicó y radica en que su conexión con la gente nunca se materializó en términos de comunicación política y nunca consiguió conectarse con la realidad nacional y eso la sondeocracia lo penaliza: con el pasar de su gobierno alcanzó los niveles de popularidad más bajos para un presidente en la historia de Colombia. La gobernabilidad deportiva no fue suficiente.

En la ‘nueva política’ lo importante no es la calidad del mensaje sino el rating que el mismo alcance (que, en términos político-mediáticos, sería la penetración y apropiación del pueblo de un determinado mensaje). Santos, a pesar de tener un mensaje renovado, de esperanza y de paz, a pesar de haber intentado ser el símbolo de los logros deportivos y teniendo a los principales medios de comunicación a favor gracias a su pasado como periodista y sus amistades y relaciones con Roberto Pombo, director de El Tiempo, Julio Sánchez Cristo, director de W Radio y Alejandro Santos director de la Revista Semana, no logró alcanzar el rating  que esperaba.

Frente a la encrucijada de haber sido el presidente con la mayor votación de la historia pero ser el mismo que llegó a niveles de popularidad tan bajos, Santos entendió que su comunicación político-mediática, por más que intentase aprovechar climas y corrientes de opinión, no iba a lograr conectar con el pueblo y con el pasar de su mandato decidió no gobernar para la sondeocracia: los bajos niveles de favorabilidad, entre tanto, le daban mucho margen de maniobra ya que comprendió que hiciese lo que hiciese, difícilmente su imagen iba a mejorar. Su intención de ser un líder mediático fracasó, empero, sí emergió como un férreo líder de Estado, capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y acontecimientos, como por ejemplo el resultado en el plebiscito,  con tal de alcanzar su propósito.

Como él mismo lo dijo durante el 2013 en una de sus visitas a la selección Colombia en medio de un paro nacional: “lo importante, en cualquier juego, es el resultado”. El ganó y el próximo 8 de agosto de 2018, Juan Manuel Santos tendrá en casa su copa mundial y en Colombia, a pesar de existir un acuerdo de paz que seguramente será pactado políticamente, la sociedad seguirá hondamente fraccionada y polarizada: todo lo contrario a lo que buscó hacer la ‘Operación Mandela’.

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